El hombre que burló su propio destino: La épica supervivencia de Julián Marco en el verano del 36

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Recrea una escena dramática y sombría basada en hechos históricos de la Guerra Civil Española, capturada con la estética de una fotografía de época en blanco y negro, granulada y de alto contraste. La composición se divide en dos planos principales. En el primer plano, en el lado derecho, un joven herido se arrastra por el suelo. Lleva una camisa clara manchada de sangre en el hombro y la cabeza, y parece desorientado y dolorido mientras busca un monedero en el suelo polvoriento junto a dos boinas abandonadas. Detrás de él, extendiéndose hacia el centro y la izquierda de la imagen, yacen los cuerpos de varios hombres boca abajo en una zanja o cuneta a lo largo de un camino de tierra. Sus cuerpos están inertes y vestidos con ropa de trabajo oscura, sugiriendo una escena de ejecución masiva. El segundo plano está dominado por un vasto paisaje rural aragonés. Un camino de tierra serpentea hacia la izquierda, donde un camión antiguo con varias figuras en la parte trasera se aleja, levantando polvo. Más allá del camino, se extienden colinas onduladas y campos de cultivo secos que conducen a una imponente y accidentada cordillera montañosa en el horizonte bajo un cielo nublado y dramático. La luz es tenue, típica de un amanecer o atardecer nublado, lo que realza la atmósfera trágica y desolada de la escena.

La historia de la Guerra Civil en Aragón guarda capítulos que parecen extraídos de una novela de suspense, pero que fueron realidades crudas y sangrientas. La vida de Julián Marco Samitier es un testimonio de resistencia. Su bisnieta Camille Castro ha cruzado los Pirineos desde Pau para reconstruir el rompecabezas de una familia marcada por el exilio y el milagro.

El fusilamiento: sobrevivir a dos disparos a quemarropa

El 28 de agosto de 1936, Julián, con solo 17 años, fue subido a un camión junto a otros diez compañeros. El destino era una curva solitaria en la carretera hacia Valpalmas. Según sus propias memorias, un primer tiro le atravesó el hombro y la bala quedó incrustada en su cabeza tras rebotar. Al caer al suelo, los verdugos notaron que seguía vivo.

«Me dieron un tiro estando en el suelo y boca abajo… entró por el cuello y salió por la oreja. Me quitaron un portamonedas con quince pesetas y se marcharon en el mismo camión, tarareando una canción», recordaba Julián años después.

Creyéndolo muerto, los ejecutores lo abandonaron. Sin embargo, Julián se incorporó y se adentró en la espesura del monte.

Un encuentro providencial y una cura de urgencia

Mientras huía, encontró a un hombre escondido: era su hermano mayor, Joaquín, que llevaba días oculto para evitar ser reclutado por el bando sublevado. Allí mismo, en mitad del monte y a punta de cuchillo, Joaquín le extrajo la bala de la cabeza.

Durante quince días, los hermanos permanecieron ocultos. Julián logró sanar de sus heridas gracias a la valentía de don Vicente Marión, el practicante de Ardisa, quien subía al monte clandestinamente para realizarle las curas, arriesgando su propia vida.

La caza del «muerto» desaparecido

En el pueblo se corrió la voz de que los fascistas buscaban con saña al cuerpo número once que faltaba en la fosa. Perseguidos, los hermanos lograron llegar a Santa Eulalia de Gallego en septiembre, cruzando a zona republicana.

Esa misma noche se alistaron en las milicias de la Columna Del Barrio. Como carabineros, recorrieron los frentes de Madrid, Teruel y Levante.

Del frente a las prisiones de Franco

Pese a sobrevivir a tres años de guerra, el final del conflicto les devolvió a la pesadilla. Detenidos en Valencia en 1939, Julián inició un penoso periplo por las cárceles de Barbastro y la Provincial de Zaragoza. Fue condenado a seis años de prisión, obteniendo la libertad condicional a finales de 1941.

El regreso de la memoria: «No está muerto quien pelea»

Este relato es un recordatorio de que la memoria histórica no es solo una cuestión de archivos y fosas; es una cuestión de justicia. Julián Marco Samitier demostró que, incluso ante la máxima crueldad, el espíritu humano tiene una capacidad asombrosa para aferrarse a la vida. Su lema implícito, «no está muerto quien pelea», sigue resonando hoy como un símbolo de esperanza y dignidad frente a la adversidad.

Logotipo de Mercedes Sánchez Redondo. A la izquierda, un isotipo circular formado por las iniciales "MSR" con un degradado en tonos violeta y púrpura. A la derecha, el nombre completo "Mercedes Sánchez Redondo" escrito en una tipografía de estilo manuscrito en color gris oscuro.
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