Un ejemplo más, pero enormemente significativo, de todo el reconocimiento que queda por hacer en nuestra democracia a los antifranquistas es el caso de los guerrilleros. Denostados por el «Régimen» como «asesinos y bandoleros» son la plasmación más clara de la tergiversación en que se mantuvo la España nacional-católica.
Son muchas las cuestiones a resolver aún, es un pueblo frente a su historia: devoluciones de patrimonio por los fragantes robos de los vencedores; compensaciones a los presos esclavos de empresas, que aún siguen en activo y ni siquiera han pedido perdón a los explotados, sus familias y la sociedad; listados de información, con los medios del Estado, sobre las decenas de miles de represaliados, pues es una cuestión imprescindible para aliviar un pasado tan traumático como el que hubo en este país; recuperación de los restos de personas que fueron asesinadas solo por ser posibles desafectos al «Régimen», que se impuso por el terror y la muerte; exiliados, «topos», represaliados, torturados, rapadas, depurados, encarcelados, insultados y vilipendiados, todo un universo de personas y colectivos se siguen esperando en vano acciones positivas y decisivas por parte de las instituciones democráticas.
Pero volvamos a los guerrilleros. Yo me pregunto a mí mismo si habría tenido el valor que tantos miles de tantos miles de españoles mostraron ante el fascismo. Gente que tomó las armas para defender un tiempo de ilusión y unas instituciones en 1936 y que, en algunos casos, no las dejaron hasta 1953. Personas normales convertidas, por sus decisiones y los tiempos que les tocaron vivir, en auténticos héroes del pueblo. Guerra de España, cárcel, exilio, campos de concentración, compañías de trabajo, sabotaje y resistencia frente a los nazis y, finalmente, luchar en el monte contra el régimen franquista. Idealistas que pasaron frío, hambre, terror y miseria, por creer aún en que la resistencia popular demostrada durante años frente al fascismo internacional podría tener su recompensa en nuestro país.
Como antaño los luchadores por la libertad eran presentados como simples bandoleros. Los defensores de los valores democráticos eran combatidos con saña, no solo con las armas, sino con el vituperio y la tergiversación, algo que ya venía de antiguo cuando llenaron las fosas anónimas con los «rojos anti-españoles» manchando su memoria y propiciando el olvido de lo que representaron para la sociedad. Hay que decirlo, y en estos tiempos mucho más, muy alto y muy claro, los guerrilleros eran la conciencia de un pueblo que no se daba por vencido. Sabían ya que su lucha no iba a producir cambios significativos en la situación política del país, pero también eran la demostración visible de que algunos preferían morir de pie que vivir de rodillas y lo hacían en nombre de una sociedad futura mejor.
José Manuel Montorio fue una de estas personas.
Sufrió el exilio y estuvo en los campos de concentración en Francia. Era muy joven cuando ya se organizó con la UNE (Unión Nacional Española) que, dirigida por los comunistas (aunque él siempre se consideró más libertario) puso en pie toda una estructura de resistencia exterior colaborando con las Fuerzas Francesas del Interior, pero con un importante grado de autonomía. Ahí estuvo también nuestro querido Martín Arnal, que alcanzó el grado de teniente, y tuvo importantes misiones como «passeur» en la frontera franco-española. Cuando «el chaval» pasó a luchar con el AGLA (Agrupación Guerrillera de Levante y Aragón) le otorgaron ese sobrenombre por motivos más que evidentes. Luchó con valentía, mostrando siempre gran humanidad y conciliando internamente en el movimiento guerrillero todo lo que le fue posible. Lideró la retirada de España a principios de la década de los 50, ya bastante desmotivado por la dirección comunista que, prácticamente, con la nueva doctrina de la «reconciliación nacional» dejó en la estacada cientos de combatientes clandestinos.
Otras luchas vendrían después, fe de ello pueden dar personas como Esperanza Martínez «Sole», pero esto ya nos llevaría por derroteros inabarcables en esta reseña.
José Manuel se exilio en Checoslovaquia en el bloque del este. Quiso volver a su país y a su Borja natal, pero le desanimaron desde la embajada española, esta gente solo molestaba a la nueva democracia.
Finalmente en la época de Marcelino Iglesias en el Gobierno de Aragón y con la mediación del ahora alcalde, Eduardo Arilla, regresó a su pueblo. Dos borjanos, Dimas Lajusticia y Juan Pablo Peña le apoyaron en todo lo que pudieron, brindándole su cariño y su amistad y animándole a escribir sus memorias, recogidas en el libro «Cordillera Ibérica» a las que hoy todo el mundo puede acceder, rescatando una parte muy importante de la crónica de la guerrilla antifranquista en España.
Ayer, un año más, lo recordamos con el Coro Libertario y María Confussión (aunque ayer precisamente no pudiera venir) que siempre nos apoyan artísticamente en este homenaje.
También recordamos a los borjanos asesinados durante la Guerra.
«Hay personas que luchan un día y son buenas; hay las que luchan un año y son mejores; pero hay las que luchan toda su vida, estas son las imprescindibles.» («Los que luchan», Bertolt Brecht).
José Manuel fue uno de estos últimos.
Mucho queda por contar de ellos y aún más por resarcir, reconocer y homenajear.
Por su sacrificio, no los olvidamos ni los olvidaremos nunca.
Guerrilleros: Borja, 26 de Abril de 2026

