El otro día, la imitación de Goebbels de la derecha «constitucionalista» española, se descolgó con un comentario sobre cómo a este gobierno le faltaba poco para entrar en una fosa y ser enterrado para siempre.
Aparte de antidemocrática, esta afirmación es profundamente irrespetuosa para las miles de víctimas del golpe de Estado de 1936 que todavía permanecen en fosas, para vergüenza de la democracia española.
Ellos y ellas merecen respeto y consideración, así como sus familiares.
Por supuesto no fue una expresión banal, que se le ocurrió sobre la marcha sin pensar, ya hace mucho tiempo que sabemos que la sensibilidad hacia las víctimas del franquismo por parte del principal partido de la oposición es absolutamente nula o directamente hostil. Desde el memorialismo siempre hemos pedido el mismo respeto que tenemos todos a las víctimas del terrorismo para las víctimas del franquismo ¿o es que sus vidas valían menos, por alguna razón especial que no nos explican?
La excusa del «café para todos» no es válida en este asunto, él «todos hicieron cosas malas» y él » hay que olvidar y no remover las heridas».
Debemos recordar que estas personas, que fueron asesinadas con premeditación y alevosía, lo fueron en base a un plan perfectamente preparado por los golpistas de 1936; expresaron claramente su intención de sembrar el terror entre una población civil que, en la mayoría de los casos, murieron por su defensa del régimen democrático, desde el ejercicio de los derechos más elementales, y lo fueron por fuerzas militares y de seguridad pública, no por una banda de delincuentes. Después, años de brutal represión, durante toda la dictadura que siguió, asesinaron hasta más allá de la muerte del dictador.
Con el pacto no escrito que llevó a la Ley de Amnistía de 1977 se sellaba la impunidad definitiva para los asesinos y torturadores que defendieron la dictadura con saña y entusiasmo fanáticos.
Los que dicen que «no hay que remover esas cosas» y que somos «necrófilos» y que solo nos acordamos de los abuelos cuando hay dinero de por medio, se olvidan de la ley de 1940 que protegía a los «asesinados por las hordas rojas» ofreciendo la ayuda estatal para la recuperación de sus cuerpos y su dignificación; esos familiares, al parecer, no eran necrófilos, claro.
Para los defensores de la República el olvido, y cuando llegó la democracia, más olvido ¿esto es «reconciliación»? ¿esto es «concordia»? el desequilibrio es evidente.
Los «caballeros mutilados» tuvieron quioscos, puestos de trabajo y reconocimiento público; los mutilados de enfrente: miseria y desprecio. Quienes purgaron su oposición al régimen con cárceles, torturas y exilio; vieron como la impunidad de que gozaron sus verdugos se extendía hasta el nuevo régimen democrático, que seguía otorgando medallas y ascensos a los más criminales de entre ellos.
Sí, «reconciliación y concordia» pero siempre que las víctimas del franquismo se conformen con que su derecho a la justicia se evaporase, como sus esperanzas de reconocimiento por un sistema democrático asentado sobre una dictadura, que nunca pagó por sus crímenes contra la Humanidad.
Los mismos que dicen que hay que olvidar siempre defienden la persistencia de los monumentos franquistas ya que quitarlos es «rencor» y pretender «cambiar la historia»; sin embargo, ellos destruyen los recuerdos a los fusilados de Madrid, no permiten la consideración del lugar de memoria, mintiendo descaradamente, a lugares como el antiguo edificio de la Dirección General de Seguridad o destruyen cárceles como la de Carabanchel pero, eso sí, defienden la persistencia de fundaciones y monumentos a siniestros personajes e instituciones franquistas.
No es casualidad. El líder fundacional, y reivindicado, de la formación que ahora se alinea entusiásticamente con los neofascistas españoles, fue un importante ministro franquista, firmante de represiones y sentencias de muerte; un defensor de la dictadura al que incluso le parecía entonces excesiva la actitud de un antiguo ministro secretario general del movimiento en su aperturismo, y la Constitución del 78 también, esa que ahora dicen defender con tanto ahínco.
Numéricamente la represión comenzada con la rebelión militar de 1936 no tiene parangón en la historia española, nada que ver en esos parámetros con la violencia de una banda terrorista, no unos funcionarios uniformados, desarrollaron durante también casi cuarenta años.
No hay distingos entre el derecho a la vida de unos y de otros, pero la distancia sigue siendo enorme en cuanto a los otros derechos.
Muchos miles siguen sin enterrar dignamente, muchos fueron torturados y represaliados y murieron viendo a sus verdugos jactándose de ello.
Esos miles nunca han tenido derecho a la justicia, se lo denegaron los vencedores y se lo siguió negando la democracia que, al menos formalmente, sucedió al régimen asesino.
Por eso es necesario alzar la voz por aquellos y aquellas que recibieron un tiro en la nuca porque así lo decidieron unos militares traidores, siendo ignominiosamente arrojados a una fosa sin nombre; por quienes se pudrieron en las cárceles y fueron torturados en su afán para que volviera la democracia a este país.
Por todos ellos, señor Tellado, seguiremos en la brecha, buscando justicia siempre y luchando contra los miserables que ofenden su memoria.
Enrique Gómez Arnas
Presidente ARMHA

