Una historia de tantas: verano de 1936.

m.s.Noticias

Martes, 18 de agosto de 1936, 19:25 horas. Enrique llegó a casa de su trabajo preguntándose cuando le tocaría a él.
Justo acababa de saludar a su mujer embarazada y a sus tres hijos cuando se oyó un fuerte estrépito y ruido de botas en la casa situada en la calle Don Jaime, enfrente de la plaza de La Seo.
Al menos cinco Guardias de Asalto golpearon la puerta preguntando por él, tras abrir, lo identificaron y lo bajaron la culatazos escaleras abajo. En la calle un camión con el motor en marcha, en su trasera, más guardias custodiando a varios obreros sentados enmedio. A empujones con insultos y malos modos lanzaron al bueno de Enrique entre sus, también sorprendidos y asustados, compañeros. El vehículo arranca y se dirige hacia el Palacio de los condes de Argillo entonces usado como «cheka» por los militares golpistas.
De malas maneras son conducidos a los sótanos, usados como mazmorras, allí les esperaban más compañeros de infortunio, ávidos de noticias del exterior les inundaron a preguntas, intentando satisfacer sus dudas, también, a los recién llegados. Las noticias eran malas, había habido cientos, quizás miles de detenciones, sobre todo entre dirigentes y militantes de sindicatos y partidos de izquierda. Enrique, secretario del sindicato de fontanería de CNT, simplemente por saber y escribir, ya va viendo claro el porqué del comienzo de su calvario.
Se habla de fusilamientos masivos. Algunos no se lo creen piensan que, finalmente, triunfarán los militares que siempre se opusieron a la República, pero nunca habían llegado tan lejos. Estaban estupefactos.
Enrique, al poco tiempo, es llamado a interrogatorios, cuando pregunta el porqué de su captura es increpado y golpeado explicándole, a la vez, que ellos representan al «glorioso movimiento nacional» que implantará la justicia social, acabará con las luchas de clases, habiendo paz para todos en una España nueva. Enrique afirma que justo él ha luchado toda su vida por eso y que espera que esa sea la razón que todos esos despropósitos.
Enrique era obrero especializado. Un comandante procedente de la Academia General Militar lo reconoció de cuando estuvo dirigiendo las obras de colocación de la calefacción en sus edificios. Contaba nuestro sindicalista una anécdota que siempre nos refería, el día en que el director de la academia que luego dictaría la suerte (o más bien la desgracia) del país durante 40 años, le preguntó qué que tal llevaban el trabajo; él, en torno muy obrerista y reivindicativo, le respondió: «agache usted el lomo ocho horas como nosotros y sabrá qué tal lo llevamos»; este tipo de contestaciones eran algo que los militares no podían consentir durante mucho más tiempo.
Enrique tuvo «suerte» pasó años de vejaciones y fue utilizado como mano de obra esclava durante mucho tiempo, dada su condición especializada, condonarian su prevista muerte: algunos tendrían que trabajar y no pensaban ser los militares, por supuesto.
Cuando salió, aparte no dirigir la palabra a un cuñado de Acción Ciudadana que no quiso mover ni un pelo por él, fue estigmatizado, pues si había sufrido cárcel sería porque «algo habría hecho». Su sentido de la justicia le hizo seguir luchando, en la medida de sus posibilidades, por mejorar la situación de los trabajadores y sus barrios, a despecho de lo que algunos de los «vencedores» pudieran pensar y decir de él. Seguían llenándosele los ojos de lágrimas cuando se sentía culpable por no haber sufrido la suerte de tantos cientos de sus compañeros que terminaron sus días cara a una tapia en el cementerio de Torrero. Hubo días durante su encierro que el trabajo extenuante, con malos tratos, insultos e insalubridad le hicieron desear la muerte. Años más tarde pensaba en tantas juventudes destruidas, tantos años de vida arrancados solo por las ambiciones de unos militares que no podían consentir que un «obrerete» les contestara como Enrique lo había hecho, muy consciente de su dignidad de trabajador, a su jefe supremo o a cualquier compañero uniformado.
Cuando nos reunimos, una vez al año, para recordar a tantos ciudadanos y ciudadanas de Zaragoza asesinados por los golpistas de 1936, tenemos en mente historias como esta pero, sobre todo, reivindicamos una sociedad en paz y con justicia, algo hoy más necesario que nunca.
Es emocionante que, conscientes de la importancia que tiene para la ciudad rememorar unos hechos tan injustos, sacrifiquemos nuestro tiempo y que, a pesar de las condiciones meteorológicas, nos acompañemos mutuamente para rendir un sentido homenaje a estos compañeros y compañeras que fueron asesinados por ser los mejores de su generación. Su altruismo los condujo al paredón y supieron afrontar la muerte con una dignidad que asombraría a sus asesinos.
Quiero dar las gracias a todas las personas que, pase lo que pase, han recogido la antorcha que ellos enarbolaron en nombre de la justicia y la paz.
Si pagaron el más alto precio por estos ideales, nosotros no podremos olvidarlos mientras tengamos un hálito de vida.
Hoy las instituciones herederas de tantas décadas de intolerancia y represión, reivindican los indignos actos de sus antecesores ninguneando la memoria de los demócratas asesinados, pero esa actitud sólo puede servir para que una ciudadanía consciente marque el camino, desde abajo, que debe seguir nuestra sociedad.
Ni olvido, ni perdón: verdad, justicia, reparación y garantías de no repetición.
El pueblo sigue adelante.

Enrique Gómez Arnas

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