Lo que durante décadas sirvió como una humilde cubierta para proteger un pozo de agua en una finca agrícola, ha resultado ser un tesoro de la arqueología aeronáutica. En Mosqueruela (Teruel), el hallazgo de un fragmento del fuselaje de un Tupolev SB-2, el célebre bombardero soviético conocido como Katiuska, ha abierto una ventana directa a los cielos de la Guerra Civil Española.
Se trata de la pieza de este modelo más grande y mejor conservada de las que existen actualmente en todo el territorio nacional.
Un hallazgo excepcional: Del pozo al museo
El fragmento, fabricado en duraluminio, mide aproximadamente 2 metros de largo por 1,5 de ancho. Su estado de conservación es asombroso, manteniendo incluso restos de la pintura original. Hasta ahora, solo se tenía constancia de tres piezas menores de este modelo en España: dos procedentes del frente del Ebro y una tercera recuperada por buzos en el Lago de Bañolas (Gerona).
Detalles técnicos de la pieza
A diferencia de lo que creían los lugareños, que pensaban que se trataba de un ala, los expertos Carlos Mallench y Blas Vicente han confirmado su origen exacto:
- Ubicación original: Zona del fuselaje situada entre el puesto del piloto y el del ametrallador.
- Valor histórico: Corresponde a la sección junto a la «joroba», una modificación específica realizada por las fuerzas aéreas españolas sobre el diseño original acristalado de los soviéticos.
- Evidencias del derribo: En su parte interior se observan los traveseros y guías deformados hacia arriba, una muestra clara de la explosión que sufrió el aparato el 12 de enero de 1938.
El factor humano: Tres nombres rescatados del olvido
La localización de esta chapa no solo tiene un valor material; ha permitido poner rostro y nombre a los tres jóvenes republicanos que perdieron la vida en el siniestro hace 86 años:
- Antonio San José Pérez: Piloto del aparato.
- Ramón Marsal Carrasco: Observador.
- Mario Vallejo Palacios: Apodado «El Metralla», era el ametrallador.
La historia de Vallejo es especialmente trágica. Se reincorporaba al servicio ese mismo día tras una baja por heridas de combate. Según las investigaciones, fue el único que logró saltar en paracaídas, pero este se incendió en el aire. Su cuerpo fue hallado días después por los dueños de la Masía de Los Pérez, quienes custodiaron sus restos entre la nieve hasta que pudieron trasladarlo al cementerio local, donde los tres tripulantes descansan hoy.
De secreto de cazadores a patrimonio municipal
La existencia de la pieza era un secreto a voces entre algunos cazadores y los propietarios de la finca. Fue el dueño del campo (fallecido en los 80) quien confesó a José Miguel Tena, uno de los cazadores, que había usado «el ala de un avión» para dar sombra al agua de su pozo.
La investigación despegó gracias a la tesis doctoral de Estefanía Monforte, quien tras ser alertada por informantes locales, contactó con el investigador Lluís Galocha. Tras confirmar el valor del hallazgo en abril de 2022, la propietaria de la finca donó la pieza al Ayuntamiento para asegurar que permaneciera en el municipio.
Es un fragmento único que convierte a Mosqueruela en un lugar de visita obligada para los entusiastas de la historia aeronáutica
Una exposición para el recuerdo
La alcaldesa de Mosqueruela, Alba Lucea, ha impulsado la exhibición de este fragmento en la Sala de la Villa del Ayuntamiento. La pieza se presenta suspendida del techo, permitiendo a los visitantes observar tanto la aerodinámica exterior con su pintura original como la compleja estructura interna de duraluminio que sostenía a estos «gigantes» del aire.
Con este gesto, Mosqueruela no solo recupera un trozo de metal histórico, sino que devuelve la dignidad a una historia de valor y tragedia que permaneció oculta bajo la tapa de un pozo durante casi un siglo.



