Contra la equidistancia

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Hace unas semanas se aprobó, aprovechando la mayoría conservadora del momento, una declaración del Parlamento Europeo condenando los crímenes del comunismo, para regocijo de los desmemoriados selectivos que siempre se posicionan contra la Memoria Histórica, sobre todo en nuestro país.

Deberíamos revisar sin embargo, más despacio, que es lo que realmente se condena en esa declaración  porque, una cosa es condenar crímenes, algo contra la que no creo que nadie pueda estar, y otra es condenar una ideología en su conjunto.

La Revolución Francesa cometió excesos, devoró a sus hijos, pero implantó a nivel mundial el concepto de democracia moderna, con elecciones, división de poderes y derechos humanos, como principios fundamentales. Un salto político de gigante en la Historia y de cuyas consecuencias aún estamos viviendo.

El marxismo, ante los excesos del Capital, interpretó qué, la única forma de equilibrar socialmente el derecho y el bienestar de la mayoría de la Humanidad, era realizar otra revolución, esta también cometió excesos, obviamente`(empezando también con sus propios iniciadores), pero su punto de partida era la libertad en general,  la liberación de los pueblos de su explotación despiadada, crear una sociedad que aboliera las clases, sin racismo, con internacionalismo, eliminando la miseria, dando derechos sociales a todas las personas: educación, sanidad, comida, casa, trabajo, con vocación de solidaridad internacional.

Eran totalitarios, por supuesto, con grandes carencias en libertades y excesos represivos brutales, siempre injustificables. Partían, sin embargo, de una base de intencionalidad fundamentalmente justa.

Además, la mera existencia del Bloque Soviético obligó a la creación en occidente de la “clase media”, un concepto tan falso y meramente utilitario, que ahora quienes lo potenciaron se dedican, cobrando el botín tras la “Guerra Fría”, a desmantelar.

En cambio, los nazi fascistas hicieron del racismo una ideología que llenó Europa de campos de concentración, eliminando físicamente cualquier oposición; creyéndose los amos naturales del mundo, despreciando incluso a sus correligionarios de otras nacionalidades, no siendo tampoco  famosos precisamente por permitir libertades sociales a su pueblo; que llevarían la guerra, la miseria y la destrucción por todo el mundo, para implantar un sistema de dominación racial sobre los pueblos “inferiores”( o sea, todos los que no eran ellos: los arios y los “romanos”), todo esto no se puede comparar con los excesos que pudiera cometer cualquier otro régimen político.

Las democracias occidentales crearon y alimentaron una bestia anticomunista que luego se revolvería contra ellos (como en tantas otras ocasiones en la Historia). Los otros totalitarios, pagando un altísimo precio en vidas humanas, acabaron con ella para beneficio suyo, pero también del mundo, conviene no olvidarlo.

No puedo estar de acuerdo con que no se analice  la Historia y se haga un “café para todos”, porque el fascismo está resurgiendo y una vez más se le está alimentando y consintiendo. Acusan a los comunistas de totalitarios, cuando ayudaron a traer la democracia a España; de “terroristas” a los que lucharon contra un régimen dictatorial criminal, cuando el fascista siempre se aprovechó de los recursos democráticos para hacerse con el poder y luego asentarse en una dictadura antidemocrática. Que bien cuadra aquí la frase, “es fácil ser fascista en una democracia, pero es imposible ser demócrata en una dictadura”.

Estos tacticismos y esas querencias suelen ser muy peligrosas, y demuestran el vínculo afectivo e ideológico de gran parte de la derecha “democrática” de nuestro país.

Que no se entusiasme tanto la derecha nacional, ni la europea, que es la que mejor debería conocer a los nazi-fascistas, hay entusiasmos que matan, incluso a quienes los promueven.

Enrique Gómez Arnas

Presidente ARMHA

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