La investigación de Judith Miralles sobre sus ancestros en Mauthausen trasciende
lo familiar para convertirse en un acto de justicia colectiva. Presentamos su
testimonio, rescatado de las ondas de la Cadena SER, como un ejercicio necesario
de memoria viva.
Hay historias que no se eligen, sino que se heredan. Historias que laten bajo la piel y que, a veces, esperan décadas en el silencio de un hogar hasta encontrar la fuerza necesaria para ser contadas. Este es el caso de Judith Miralles, cuya labor no nació en las bibliotecas académicas, sino en el salón de su casa, escuchando los relatos fragmentados de su abuelo sobre una «cárcel» lejana y gélida.
5 de Mayo: Un hito en el calendario
En España, esta fecha es el «Día de homenaje a los españoles deportados y fallecidos en Mauthausen y en otros campos y a todas las víctimas del nazismo». Un reconocimiento oficial para aquellos que sufrieron el doble castigo del exterminio y el olvido institucional.
El programa El Faro de la Cadena SER, dirigido por Mara Torres, abría sus micrófonos para recoger este legado. En esa conversación, Judith, compartía la imagen que guarda como un tesoro de espinas: el relato de la nieve roja. Su abuelo, José Egea Pujante, le narraba cómo el invierno austriaco de 1941 transformaba la cantera de Mauthausen en un campo de amapolas. No eran flores; eran las gotas de sangre que los presos, exhaustos, dejaban sobre el blanco inmaculado mientras subían los 186 peldaños de la «escalera de la muerte».
«Mi abuelo decía que la nieve en Mauthausen parecía un campo
de amapolas por las gotas de sangre que caían de los presos
exhaustos».
Judith Miralles nos explica por qué es vital recordar el horror para proteger la libertad. Su voz es el puente entre los que ya no están y las generaciones que deben heredar, no solo el recuerdo, sino la vigilancia constante contra el odio.
DOCUMENTO SONORO: Entrevista a Judith Miralles en «El Faro» (Cadena SER)
Lo que comenzó como una búsqueda personal por reconstruir el pasado de su abuelo y su bisabuelo, José Egea García, desgranando ese horror nazi en Mauthausen un infierno designado como Categoría III. En la nomenclatura del horror, esto significaba el exterminio mediante el trabajo extenuante hasta el colapso total.
Judith ha transformado ese dolor en pedagogía.
Su compromiso cristalizó en la exposición «CATEGORÍA III: KL MAUTHAUSEN», que se pudo visitar en La Imagen de la Memoria en 2021.
Quienes la visitaron vieron el rastro de una herida que España ha tardado demasiado en curar. A través de los Gea, asoman los rostros de los más de 7.000 republicanos españoles deportados. El 5 de mayo de 1945, cuando las tropas estadounidenses entraron en el campo, se encontraron con una pancarta histórica: «Los españoles antifascistas saludan a las fuerzas libertadoras». Sin embargo, su liberación no fue un regreso. Despojados de su nacionalidad por el franquismo, se convirtieron en «hombres sin patria».
Hoy, frente al auge de discursos negacionistas, el trabajo de Judith es una herramienta de autodefensa democrática. Al investigar a su bisabuelo, asesinado en la cámara de gas del Castillo de Hartheim, y a su abuelo, que sobrevivió para volver en 1948, tras años de exilio y silencio impuesto, Judith riega las raíces de nuestra libertad. Como decía Neus Català,«nuestra memoria es nuestra única victoria».
Judith es la guardiana de ese campo de amapolas, asegurándose de que la nieve roja no sea cubierta, otra vez, por el manto del olvido.


