Pan y fútbol para olvidar la memoria

m.s.Noticias

La anestesia del gol: cuando el marcador silencia la historia

Ayer, España cumplió una fecha de esas que congelan la sangre al mirarlas de cerca: 90 años desde el golpe militar que partió al país en dos.

Hay aniversarios que llegan con el peso de una losa. Fechas que arrastran el eco de miles de muertos, víctimas no solo de la violencia en el frente, sino del frío y sistemático yugo de una dictadura que se prolongó mucho más allá del cese de las armas.

Uno esperaría que, al cumplirse otro año de aquel trauma colectivo, el debate, la memoria y la dignidad ocuparan el centro de la plaza pública.

Pero hoy, el silencio de la historia no lo ha roto la reflexión. Lo ha roto el rugido de un estadio.

España acaba de ganar a Argentina en el terreno de juego y, en cuestión de minutos, la calle ha estallado en una fiesta colectiva que parece borrar, de un plumazo, cualquier sombra del pasado.

Es la estampa perfecta, casi quirúrgica, de la anestesia social.

Mientras los telediarios abren sus ediciones con la repetición de los goles y las terrazas se llenan de debates acalorados sobre si la anulación del gol fue legal, los cimientos de lo que llamamos convivencia se agrietan sin que nadie parezca advertirlo. Hay una sordera colectiva ante el goteo constante de recortes en los servicios sociales, el desmantelamiento sigiloso de lo público y la erosión de esos derechos que, a nuestros padres y abuelos, les costó sangre, sudor y años de cárcel conquistar.

Karl Marx, con su lucidez habitual, definía la religión como el opio del pueblo, ese bálsamo necesario para soportar el sufrimiento sin necesidad de rebelarse. Hoy, en pleno siglo XXI, el narcótico ha cambiado de envase. Ya no huele a incienso ni se refugia en los templos; huele a césped recién cortado, a cerveza fría al sol y sabe a una victoria deportiva que, durante noventa minutos, nos hace sentir parte de algo grande.

Que quede claro: esto no es una cruzada contra el fútbol. El deporte une, entretiene y regala emociones legítimas. El problema surge cuando esa euforia efímera se convierte en la cortina de humo ideal para ocultar noventa años de historia mal resuelta y un presente donde nos van hurtando el futuro de las manos, casi sin que nos demos cuenta.

Cuando la prioridad de un país se mide en el marcador de un partido y no en la calidad de sus hospitales, en la formación de sus jóvenes o en el respeto a su propia memoria, el diagnóstico es tan obvio como desalentador: estamos anestesiados. Y lo más peligroso de la anestesia no es la insensibilidad del momento, sino lo que ocurre cuando el efecto se pasa. Porque, cuando el pitido final se apaga y las calles se vacían, el dolor —el nuestro, el social, el histórico— sigue estando exactamente en el mismo lugar, esperando a que alguien, algún día, se atreva a mirarlo de frente.

Al final, la anestesia es un negocio redondo: el espectáculo es gratis, pero el precio lo pagaremos mañana, cuando despertamos y descubramos que, mientras celebrábamos un gol, nos han terminado de desahuciar el futuro.

Logotipo de Mercedes Sánchez Redondo. A la izquierda, un isotipo circular formado por las iniciales "MSR" con un degradado en tonos violeta y púrpura. A la derecha, el nombre completo "Mercedes Sánchez Redondo" escrito en una tipografía de estilo manuscrito en color gris oscuro.
Facebookredditpinterestlinkedintumblrmail