La CNT, rompiendo su tendencia ideológica, aconsejó a sus militantes votar a favor del Frente Popular (al que no pertenecía) en las elecciones de febrero de 1936 para evitar la vuelta de un nuevo «bienio negro» y conseguir una amnistía tan justa como necesaria.
La lucha antifascista, desde el 19 de julio, unió a republicanos y anarquistas, así como a otras fuerzas políticas, en una misma lucha. Sin embargo, los milicianos anarcosindicalistas no querían solo pararles los pies a los fascistas; estaban convencidos de que también se podría lograr, en esas circunstancias, la ansiada revolución.
Así que se pusieron a ello.
En concreto, en Barcelona —que quedó en manos, no sin lucha, de las fuerzas republicanas y siendo la ciudad con mayor número de militantes de CNT en España—, los trabajadores de multitud de empresas, incluyendo las de transporte público y comunicaciones, tomaron el control de las mismas, autogestionándolas. Igualmente, en muchas zonas agrícolas de España se produjeron colectivizaciones, pero en ninguna como en Aragón. En concreto, la zona que quedó en manos republicanas pasó a ser controlada por el llamado Consejo Regional de Defensa de Aragón.
La visión de Durruti y el Frente Popular
Así expresaba Durruti su visión de esta situación:
«Mientras llevábamos a cabo nuestro experimento revolucionario, toda nuestra propaganda giraba en torno a la defensa del gobierno republicano legalmente constituido. Tal vez parezca contradictorio, pero no era así para nosotros: el pueblo había expresado su voluntad en las elecciones de 1936 y nosotros teníamos que defender esa voluntad».
Al mismo tiempo que la colectivización servía al esfuerzo bélico tanto como a nuestra visión del futuro, tratábamos de poner en práctica un comunismo libertario del que, por desgracia, ninguno de nosotros sabía realmente nada».
Se procedió a formar un primer Consejo exclusivamente rojinegro pero, inmediatamente, al requerimiento de las autoridades republicanas y en la lógica cooperación expresada por Durruti, un nuevo Consejo formado por diferentes partidos del Frente Popular con la CNT tomó las riendas del experimento.
El «problema» del éxito
El problema es que tuvieron éxito.
Las prioridades de los pueblos se regían bajo el lema: «a cada uno según sus necesidades y cada cual según sus posibilidades», y aun así eran más productivos para el esfuerzo de guerra que la aportación de las zonas con la economía convencional. En Barcelona nunca fueron tan eficaces y tan económicos los servicios públicos colectivizados como en los tiempos inmediatamente anteriores y posteriores.
El espíritu de la colectividad, en palabras de uno de sus componentes, era este:
«Una maestra joven dijo que nunca había visto nada parecido. Antes era imposible conseguir fondos para la enseñanza. En todas las esferas de la vida colectiva siempre estábamos dispuestos a adaptar nuestras ideas si las cosas no iban bien; esa era la ventaja que nuestras colectividades tenían sobre las creadas por el Estado, como las de Rusia. Nosotros éramos libres».
Obstáculos y resolución local
Es cierto que surgieron problemas. Había colectividades más ricas y otras más pobres, pero ya se trabajaba en la idea de crear un fondo común para solventar estos problemas económicos. También es cierto que había que tener en cuenta a los campesinos con unas pocas tierras, que no eran latifundistas, pero que tampoco querían colectivizarlas.
En los consejos municipales que sustituyeron a los ayuntamientos convencionales se trataban asambleariamente estos problemas, resolviéndolos localmente con una cierta supervisión positiva desde el Consejo.
No eran pocos, efectivamente, los problemas que se planteaban. Pero es que estamos hablando de una revolución que solo tuvo unos pocos meses para desarrollarse y con una guerra de fondo. Aun así, asustó tanto a la república burguesa, que quería una economía capitalista, como a los estalinistas, ya que se enfrentaban a su control y a su forma de concebir los nuevos estados comunistas.
El desenlace
El anarcosindicalista Carod afirmaba:
«Siempre esperando una puñalada por la espalda. Siempre conscientes de que si creábamos problemas el único beneficiario sería el enemigo. Fue una tragedia para el movimiento anarcosindicalista, pero también lo fue para algo mucho más grande: el pueblo español. Porque jamás podría olvidarse que fueron la clase obrera y el campesinado los que, demostrando su habilidad para dirigir colectivamente la industria y la agricultura, permitieron que la República continuase la lucha durante 32 meses… sin ese esfuerzo creador la República no habría podido hacer la guerra».
Cae Largo Caballero y entra Negrín, un convencido de que con la única ayuda que le quedaba a la República, la Unión Soviética, se conseguiría retrasar el fin de la guerra hasta que estallara el conflicto en Europa y España se salvaría del fascismo estando en el lado de los aliados. Como sabemos, esto no pudo ser así.
Los estalinistas decidieron acabar con las colectividades a tiros en Barcelona y con la 11.ª División de Líster entrando en Caspe.
El experimento había terminado, pero esa experiencia y su recuerdo nos dan esperanza: algún día la revolución puede volver y tener un fin muy diferente.
Salud y colectivización.
Enrique Gómez
Presidente de ARMHA

